La caza, de Thomas Vinterberg

la cazaLa sombra de la duda

Lucas es un tipo más o menos normal. Cuarentón, separado, sin mucho carisma. Se le dan bien los críos. Trabaja en la escuela infantil de una pequeña y nórdica localidad. Allí todo transcurre conforme a una rutina serena. Un día tras otro. Sin más emoción que alguna jornada de caza, risotadas con los amigos y litros de alcohol incluidos. Así es la vida de Lucas.
Hasta que todo se quiebra. La hija de su mejor amigo, una cría mal atendida, sugiere que Lucas ha abusado de ella. La cacería cambia de víctima. El lugar civilizado se inciviliza. Sin la menor prueba, todos le dan por culpable. Y su infierno va más allá de lo que la ley pueda dictar.
La mayor virtud de La caza es que, como espectador, te concede la ventaja narrativa de conocer la verdad de los hechos. Y, con todo, la conducta de sus vecinos puede ser la de cualquiera de nosotros, tendentes como somos a convertirnos en prisioneros de nuestros prejuicios.
El relato va acumulando impotencia sin que haga falta que se desate contra el protagonista una cruzada peliculera o extremada en su tono dramático. La expulsión del reino de la comunidad por parte de sus miembros resulta mucho más cotidiana, cercana y, por todo ello, terrible. El cuerpo del espectador se desasosiega porque en todo momento sabe lo fácil que resultaría ser tanto víctima como verdugo.
Tendré que decirlo sin medias tintas: La caza es un peliculón. Uno de esos filmes que te van calando con sus medias frases, sus escenas a medio concluir y su aquí parece que no pasa gran cosa pero qué mal cuerpo se me está quedando. Y lo mejor es que su director, Thomas Vinterberg, uno de los ebrios creadores del Dogma 95 danés y responsable de la maravillosa Celebración, consigue entrar en tu ánimo y en tus entendederas con el arsenal de la sencillez.
Sin el menor énfasis. Sin demonizaciones maniqueas. Con un lenguaje visual y sonoro más bien parco. Y con un actor, Mads Mikkelsen, que se mueve con una torpeza nada empática, casi inquietante. Esos son los ingredientes que tiene una película que te deja el ánimo quebrado porque te obliga a mirar en el fondo de nosotros mismos… para descubrir, en estado crudo, el horrible mecanismo de nuestros códigos defensivos.
Sencillamente obligatoria.

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