Los amantes pasajeros, de Pedro Almodóvar

Obsesión oral

¿Se puede escribir sobre el cine de Almodóvar sin que el personal se sienta agredido o jaleado, según toque? ¿Por qué en su caso se reduce cualquier juicio estético o narrativo a una malsana intención personal o subjetivista? ¿Desde cuándo sufrimos esa presión añadida los comentaristas de la cosa? Siempre que estrena el director más mediático que ha dado nuestro extremo país se repite el mismo ritual. Pues bien, yo, con todos mis prejuicios a cuestas y con el escaso distanciamiento del que soy capaz, procedo con el mío, que bien sé que a pocos interesará.
Los amantes pasajeros
se ha vendido como un regreso de Almodóvar a la desengrasante comedia, paraje genérico que refrescó en los ochenta con obras de la enorme talla de ¿Qué he hecho yo para merecer esto? o Mujeres al borde de un ataque de nervios. Para algunos las motivaciones son económicas y para otros simplemente creativas. Qué más dará. Lo único sustantivo es que este Pedro no es aquél. El de entonces era fresco y espontáneo. El de ahora es una marca. Fría y desangelada.
La última -y ya es larga- fase de la carrera almodovariana nos parece a muchos un estirado ejercicio de postureo. Y esta propuesta coral poblada de azafatos homosexuales, jóvenes pastilleros, sicarios mexicanos, suicidas por amor y demás especies persiste en la querencia… pero más. Como ya es costumbre, el relato descuida la estructura y premia la situación episódica. También abusa de la solución gratuita e inverosímil. Casi cualquier decisión está permitida en la lógica de un creador que pone en práctica sus caprichosas apuestas sin más justificación que la que procede de su bien asumida y nunca limitada genialidad.
Pero, sin duda, lo peor de Los amantes pasajeros radica en su humor infantil, chabacano e insistente en referencias al sexo oral y los apéndices masculinos. Un chiste detrás de otro, una sobredosis obsesiva con el asunto que sólo provoca agotamiento y cansancio. Eso sí, el director satura los encuadres de tonos pasteles y ángulos distorsionados para maquillar sus groserias -propias del cine popular e hispano más grosero- con  su sofisticada firma, tan moderna, adornada y guay. Pues no cuela.

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