Un asunto real, de Nicolaj Arcel

Lujo danés

Es un dato más bien desconocido pero Dinamarca ha sido históricamente una de las grandes potencias europeas en materia cinematográfica. A la pujante industria que desarralló en los primeros años del séptimo arte hay que sumarle el surgimiento posterior de autores y movimientos que han sido referencia mundial. El más grande de todos ellos, sin duda, el maestro Dreyer, autor de un puñado de obras maestras indiscutibles como La pasión de Juana de Arco, Dies Irae y Ordet. Tampoco hay que olvidar a Lars Von Trier, claro, y a su polémico, discutible aunque influyente «Dogma 95». La marca danesa en materia cultural tiene, pues, mucho que ver con la gran pantalla.
No es extraño que llegue hasta nuestras salas un proyecto como Un asunto real. Producción lujosa, de ésas que algunos etiquetan como «de época», pues tienen un perfil historicista y un aliento romántico. Cuenta la historia de la reina Carolina Matilde, aristócrata inglesa desposada con el desequilibrado Cristián VII de Dinamarca, que hace de la vida en la corte una cárcel para la joven. De esa especie de prisión psicológica y sentimental le saca el doctor Johan Friedrich Struensee, un científico ilustrado que lleva consigo la pasión de alcoba y la intelectual, basada en las ideas de pensadores del momento como Voltaire.
Al final, el relato se articula sobre una estructura un tanto convencional: la gran trama histórica, con un conflicto general y de altos vuelos que implica el conflicto entre un mundo viejo, oscuro y absolutista y otro moderno basado en la razón; y la trama humana y amorosa de dos individuos condenados a dar rienda suelta a sus sentimientos de forma clandestina. Y una y otra, claro está, se retroalimentan.
La puesta en escena del debutante Nicolaj Arcel es funcional, pródiga en detalles despampanantes, poetización del paisaje y enormes palacios. No le falta detalle a una producción que en algún momento coquetea con el adocenamiento casi publicitario –en el peor sentido de la expresión– de la parte afectuosa del asunto. Sin embargo, la progesión hacia un tono más turbio en el que emergen las contradicciones del mundo nuevo que representa Struensee compensa la valoración final gracias al sentido del matiz que aporta. La corrección sobrevuela un filme que tampoco está concebido para dejar una huella imborrable.

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