El vuelo, de Robert Zemeckis

El gusto artesanal

Mucho crítico e historiador de la cosa cinematográfica abusa del concepto «artesano» para colgárselo a determinados directores.  Desde que los locos críticos franceses de los cincuenta forjaran la «teoría de autor», cierto tipo de realizador se tuvo que conformar con una consideración artesanal frente a otros que monopolizaban la gloria artística. Movidas conceptuales, etiquetas y debate tan entretenido como estéril.
Artesanos son, simplificando un poco, aquellos que cuentan con eficacia historias más bien sencillas. Tipos que manejan la cámara con funcionalidad. Profesionales que casi parecen –y ahora toca exagerar– funcionarios que no dejan un sello rabiosamente personal en sus metrajes.
Todo eso se me viene a la cabeza con la última película del veterano Robert Zemeckis. Tiene un título parco, además de sencillo: El vuelo. Y refiere la historia del aterrizaje forzoso al que se ve obligado el piloto de un avión tras una avería mecánica. La solución que se le ocurre es tan improbable como heroica su ejecución, pero el problema es que el tipo va puesto hasta las cejas. Es alcohólico y abusa de la cocaína, de lo cual quedan abundantes restos en su sangre.
El guionista, John Gatins, es muy consciente de que la energía de su relato reposa en la ambivalencia de su protagonista, un personaje con dobleces, carismático, sufridor, débil, inteligente. Uno de esos seres ambiguos que tanto abundan en el paisaje televisivo estadounidense, interpretado además con la convicción de casi siempre por Denzel Washington. Lástima que el epílogo se decante en exceso por confortar al espectador medio con un desenlace amable y cargado de un buen rollo.
Además, Zemeckis pone su dominio del oficio a disposición de la historia. De hecho, la convierte en imágenes con una mezcla de sencillez y sobriedad que tiene mucho de eso que algunos calificarían de «artesanal». Sin énfasis ni adornos falsos. Con calma pero con fluidez. Así cincela el director su película, que incurre en excesos muy puntuales pero que en general plantea unos dilemas éticos potentes con solvencia.

Lincoln, de Steven Spielberg

Necesaria densidad

Sí, me declaro en rebeldía. Disiento de esa corriente mayoritaria que percibo a mi alrededor y que ha sepultado el Lincoln de Spielberg en una tumba muy tosca. El personal, a lo que parece, ha despachado el asunto calificándolo de tostón y punto. Ya saben, el tedio, esa emoción tan poco elaborada, reverso de la tiranía del entretenimiento que nos han impuesto. Pues no. La propuesta no merece un brochazo así. Más bien exige respeto, curiosidad, ganas de comprender. Me declaro, pues, rebelde.
Nadie puede negar que Lincoln sea una obra densa, ni siquiera que llega a relamerse por momentos en su densidad. El caso es que lo que podría tomarse por defecto resulta a mi juicio virtud en la filmografía de un mago de las imágenes tan tendente, en ocasiones, al populismo. Spielberg se ha tomado el desafío con una seriedad indiscutible. El tono es casi solemne y carece de aditivos emocionales. Los hechos se presentan cubiertos por un manto de oratoria adornada y con una puesta en escena que es todo sobriedad.
Vale, hay poco calor. En algunos pasajes resulta excesiva la propensión del protagonista a contar la gran anécdota que explica sus decisiones. Todo eso es cierto. Pero no lo es menos que el conflicto posee la fuerza de un dilema de brutal consideración histórica y ética: prolongar artificiosamente la sangrienta Guerra Civil para lograr la abolición legal de la esclavitud.
Puede que a casi nadie le interese semejante problema pero el que aquí suscribe lo vive desde la butaca con las neuronas en permanente estado de excitación. Spielberg no me dirige esta vez hacia ningún lado de forma interesada. Mantiene una distancia prudencial y apenas mueve la cámara. Tomas largas. Encuadres muy cuidados. Juego pictórico con la luz. Actores hieráticos que se mueven pesadamente. Eso también es cine, amigos. Y por lo que parece, el «Rey Midas» de Hollywood sabe hacerlo tanto como el otro. Pues yo le aplaudo.

Django desencadenado, de Quentin Tarantino

Libérrimo festín

Los tiempos urbanitas y tecnificados del siglo XXI no están para mucho western. Con casi todo fundado y sin apenas vínculos con la naturaleza sin contaminar, el género suena a carca. Desconocido e incluso menospreciado por las últimas hornadas de cinéfilos, llama la atención sin embargo que algunos de los más insignes representantes de eso que –por comodidad– llamamos la “posmodernidad” necesiten recurrir a él.
Como si tuvieran que justificar el empaque de su filmografía, los hermanos Coen o Quentin Tarantino han esperado a estar maduros para ejecutar sus películas del Oeste. Las aportaciones son bienvenidas incluso por aquellos que nos empeñamos en conservar viva la memoria de tipos como Ford o Mann, los dos maestros clásicos del western, ese invento sin el cual el cine no sería lo mismo porque sería, sin duda, algo peor.
La frescura gamberra e iconoclasta de Tarantino enriquece sin duda los parajes genéricos y mantiene fresco su territorio. El díscolo cineasta que ya forzara los límites del bélico con la espléndida Malditos bastardos, se atreve ahora con una perspectiva significativamente ignorada por la tradición: la esclavitud y el racismo que sufrió la legión de afroamericanos despiadadamente machacados para mayor gloria económica de sus dueños.
Si en su loca propuesta sobre la II Guerra Mundial el director mataba a Hitler en un cine, ahora “desencadena” a uno de esos negros y le concede la furia de la venganza. La sangre brota a borbotones irreales para subrayar la representación, con ese aire desdramatizador de la violencia tan marca de la casa. El asunto daría para discutir mucho si no fuera porque en cada situación dramática hay un toque hipnótico, una línea brillante de diálogo, unos actores seductores y un gesto impetuoso o sutil de la cámara. Como casi siempre, Tarantino es brillante manejando la ironía, el humor y la dilatación de los hechos conflictivos. Quizás abuse de metraje con la reiteración del sangriento clímax, con Djando tiroteando a los negreros y destruyendo sus simbólicas posesiones. Pero al final de la velada descubres que lo que has recibido es un auténtico festín.

La noche más oscura, de Kathryn Bigelow

Tortura impecable

Sí, el título de esta crítica es una paradoja o debería serlo. Pero es que la última película dirigida por la vigorosa y polémica Kathryn Bigelow tiene algo de eso. Sabe a aradójica y ambigua. Anda pletórica de detalles formales ejemplares y de intenciones discursivas ambivalentes. Es una obra estéticamente madura que, como dice un buen amigo que sabe un rato de esto, debería marcar el camino del cine de acción contemporáneo. Al mismo tiempo, mi colega también opina –y yo con él– que resulta ideológicamente peligrosa, por decir algo leve. Veamos.
Como casi todo el mundo sabe La noche más oscura relata el largo y duro proceso de investigación que se coronó con la captura del hombre más buscado por los Estados Unidos de Norteamérica: Osama Bin Laden. Una agente de la CIA, de personalidad implacable y espartana, sigue su pista tras los atentados del 11-S. Éstos se «muestran» al inicio con una elegante pantalla en negro y con grabaciones auténticas de las víctimas que sufrieron una muerte injusta. A continuación, un largo segmento se obstina en exhibir las torturas ejercidas sobre sospechosos detenidos en cárceles secretas. Después, varios atentados más, dudas, intuiciones y una última hora que describe minuciosamente la operación secreta que acabó con la vida de otro forajido que forja la leyenda del país que lo cazó.
La obra no cuestiona en ningún momento los abominables crímenes de guerra que se exhiben con todo lujo de detalles, ni se plantea la ilegalidad de la invasión de un territorio soberano para vengar, en nombre de la libertad, las afrentas sufridas. De hecho casi –o sin casi– se recrea en todo eso o lo da por natural. Además, buena parte de los personajes occidentales están desvestidos de emoción y de humanidad, pues parecen automátas muy guapos y estoicos. Pero la realización, el montaje que deja respirar cada imagen, la ubicación espacial de la acción, el sobrio uso de la música del versátil Alexandre Desplat… todo ello configura un lujo estético que te envuelve, atrapa y pone en tensión. No se puede escapar de la seducción audiovisual durante 50 minutos en los que Bigelow está, sencillamente, en estado de gracia.

Los miserables, de Tom Hooper

Musical incompleto

Un tipo llamado Arthur y apellidado Freed lideró una legendaria unidad de producción en la Metro de los 50 y revolucionó los códigos del musical. De su impagable talento y del de una legión de directores, coreógrafos e intérpretes de postín salió la mayor concentración de obras maestras por año que el género ha dado jamás. Un americano en París, Cantando bajo la lluvia y Melodías de Broadway 1955 son las tres más lustrosas. Después llegarían los sesenta, la caída de nivel, el dramón estilo West Side Story y así hasta pasar por varios mojones que llevaron la firma de Woody Allen y Lars von Trier, sin olvidar el vacío espectacular made in Hollywood de Moulin Rouge o Chicago.
El párrafo anterior es una burda simplificación, como casi todo lo que uno teclea torpemente por aquí. El caso es que hay muchas y diversas formas de entender las fronteras del cine musical. Y Los miserables las concibe desde una idea visualmente lujosa, formalmente atrevida y narrativamente simplona.
Ignoro el precedente escénico, pero parto de que toda adaptación admite un margen de poda y reelaboración. El caso es que uno juzga –si es que esto puede entenderse por «juicio» en cualquiera de sus sentidos– lo que efectivamente se ve y escucha en la pantalla, un espectáculo audiovisual que emplea un lenguaje específico y de naturaleza diferente al de las tablas. El caso es que Tom Hooper lo aprovecha para plantear una realización bastante moderna, juguetona y nada acomodaticia. Tiene mucho estilo, balbuceante en algún caso, pero incuestionable en su rotunda personalidad.
Los problemas de Los miserables tienen que ver con el relato. El hecho de que casi toda la información verbal sea cantada supone un primer problema para la densidad de los personajes pero no es el único. El principal tiene que ver con su inverosimilitud, especialmente en el arbitrario papel del mesonero omnipresente que aparece para conseguir que la narración gire por donde toca. Las casualidades gratuitas abundan en una obra que es un drama contado a brochazos por bloques históricos y que incluye momentos tan poco justificables por la lógica de la acción como la medalla que el villano de turno coloca sobre el cadáver de un crío. Los actores, bien, gracias. La música, estupenda. Pero la emoción embriagadora del desenlace es populista, simplona y fácil. Creo.